lunes, 18 de enero de 2021

 

Cuentos: infantiles

1.- Jugando a las bolas.

En un cortijo lejano en el campo, perdido en las montañas, dos niños hermanos jugaban a las bolas, canicas de cristal pequeñas, coloreadas, tan aficionados eran que habían adquirido una puntería tremenda, extraordinaria. Desde lejos, apuntaban al rival que le daban unos cascañetazos, que la mandaban al hoyo directamente,. En el juego eran uno contra el otro, a ver el que ganaba. Habían depurado su estilo, refinado, ensayado, de modo que ningún niño del colegio osaba jugar con ellos, porque sabían que perdían, pero algunos se animaban desafiantes al enfrentamiento en las partidas. Crujían con un sonido seco, acristalado, en el choque, tenían tal tino que casi siempre acertaban a darle, si no era de lleno, de refilón. En ocasiones después de la escuela se liaba la gresca con los compañeros, pero se acababa empezando de nuevo el juego. Era su pasatiempos favorito, además de la perinola o peonza que habían adquirido tanta destreza en tirarla con fuerza al suelo, liada en su hilo, que se desliaba con tal soltura, que giraba y giraba hasta que perdía el equilibrio y se inclinaba, hasta pararse. Los compañeros se agolpaban para verla dar vueltas. Los muchachos eran desenvueltos en aquellas lides, pues trabajaban con sus padres en las faenas del campo, y tenían mucha fuerza en los brazos. Al fútbol no se desenvolvían tan bien, su lema era a patada limpia, que no pasara el balón bajo ningún concepto, así que atropelladamente con la marrullería más sucia, atacaban al contrincante, para desbaratar la jugada. No tenían miedo alguno, ni les importaba perder el partido, tenían mucho desparpajo en las piernas, y jugaban por divertirse. A los porteros rivales los tenían asustados por los trallazos que tiraban a portería, sin compasión ni miramientos. Los hermanos eran resueltos, vivaces, seguros de si mismos, determinantes, decididos, y sin complejos.

2.-Saltando a la comba.

Una niña jugaba a la comba con sus amigas en una tarde cualquiera en el anchurón que había delante de la aldea, un caserío blanco donde los niños se reunían para los juegos al aire libre. Toda una devota práctica que los envolvía en risotadas, carcajadas, y ritmo, con una acción a prueba de una actividad frenética, pues jugaban hasta que les quedaban fuerzas y se cansaban. Con cánticos acompasados con estribillos pegadizos, con saltos rápidos, seguidos, mientras las otras chicas daban vueltas a la soga, una cogida de cada extremo, con la velocidad que daba al girarla, unas veces más, otras menos. Se ataban el pelo, se subían la falda para que las piernas estuvieran ágiles y veloces, y las zapatillas bien atadas para que los cordones no estorbarán. Algunas tenían músculos y fibra, con una resistencia a prueba de salto, se movían con una gracia sincronizada, con la que saltaban sin descanso largo rato. Con extremidades larguiruchas y delgadas, movían sus cuerpecitos con tanta precisión bajo los cabos de la soga que combaban las dos amigas, con un frenesí tal, que no descansaban. Se concentraban de tal manera que no fallaban con los pies, dando saltitos para que la cuerda pasara libre por debajo de ellas. Muchas llevaban pantalones, porque después jugaban a la rayuela, y había que manejar el tejo con soltura, y mantener el equilibrio tan bien como fuera posible a la pata coja. “Tiro por que me toca”, seguían diciendo contemplativas y observadoras del cuadro, donde caía la piedra que arrastraban con la zapatilla, de cuadro en cuadro que habían dibujado sobre la tierra, Era tanta la experiencia de las más avezadas, que les ganaban a las demás; y cuando las perdedoras se aburrían , desanimadas terminaban la jugada. Siempre había una que otra que destacaba sobre las demás. Las más gorditas no solían estar a la altura y aguantaban como podían el envite, al que decidían las demás jugarse el tiempo libre que tenían. Se daban cita todos los días después del horario escolar. Una escuela rural alejada del mundanal ruido en una villa de menos de ochocientos habitantes.

José F. García

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